QUIERO APRENDER A ORAR

Quiero aprender a orarQUIERO APRENDER A ORAR.

Qué no sabes orar? Ponte en la presencia de Dios y en cuanto comiences a decirle:

“¡Señor!, ¡No sé hacer oración!…” esté seguro de que has empezado a hacer Oracion (Del libro Camino 90).

Me has escrito: “orar es hablar con Dios.

Pero, ¿de qué? ¿De qué? De Él, de ti:

alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias… ¡flaquezas! Y nacimientos de gracia y peticiones: Amor y desagravio.

En dos palabras: conocerle y conocerte:

“¡tratarse!” (Camino 91).

No es preciso, hijo mío saber muchas cosas para agradarme: basta que me ames con fervor.

Háblame pues, aquí sencillamente, como hablarías al más íntimo de tus amigos, como hablarías a tu madre, a tu hermano.

¿Necesitas hacerme alguna súplica para alguien en especial?

Decime su nombre.

Pueden ser el de tus padres, el de tus hermanos o amigos:

decime qué quisieras que haga por ellos.

Pídeme mucho; no tengas reparos ni vergüenzas.

Me gustan los corazones generosos que llegan a olvidarse de sí mismos, para atender las necesidades de lo demás.

Háblame, pues, con sencillez, de los pobres a quienes quisieras consolar, de los enfermos a quienes ves padecer; de los extraviados que quieres ver nuevamente en el buen camino, de los amigos ausentes.

Decime por todos ellos aunque sea una palabra:

una palabra de amigo, una palabra entrañable y fervorosa.

Recuérdame que he prometido escuchar toda súplica que salga del corazón; y, ¿no ha de salir del corazón el ruego que me dirijas por aquellos a quienes tu corazón más especialmente ama?

Y para ti

¿no necesitas alguna gracia?

Podrías hacer una lista de tus necesidades y luego venir a leerla en mi presencia.

Decime, francamente y con humildad, si sientes soberbia, amor a la sensualidad o pereza;

si eres un poco egoísta, inconstante o negligente y pídeme luego que venga en ayuda de los esfuerzos -pocos o muchos- que haces para librarte de tales miserias.

¡No te avergüences!

Hay en el cielo tantos justos, tantos santos que tuvieron esos mismos defectos.

Pero rogaron con humildad y, poco a poco, se vieron libres de ellos.

Tampoco vaciles en pedirme bienes corporales:

salud, memoria, feliz éxito en tus trabajos, negocios o estudios.

Todo esto te lo puedo dar, y te lo daré cuando me lo pidas, mientras no se oponga a tu santificación.

Hoy por hoy, ¿qué necesitas?

¿Qué puedo hacer por tu bien?

Si supieras los deseos que tengo de ayudarte!

¿Traes ahora mismo entre manos algún proyecto o alguna meta?

Cuéntamelo todo minuciosamente; realmente me interesa.

¿Qué te preocupa?

Quién te preocupa?

¿Qué deseas?

¿Qué puedo hacer Yo por aquel asunto, por aquellos deseos, por aquellas personas…?

Tu perseverancia en la oración, manifestará tu fe y tu confianza en Mí.

¿Y por Mí?

¿No te gustaría conocerme más y conseguir tratarme con mayor fervor y devoción?

Y vos

¿qué podrías hacer por los que viven olvidándose de Mí?

Hijo mío, recuerda que soy dueño de los corazones y, suavemente, los puedo llevar -sin perjuicio de su libertad- si es que ellos quieren.

¿Sientes acaso tristeza o mal humor?

Cuéntame tus tristezas con todos sus pormenores.

¿Quién te hirió?

¿Quién te lastimó?

¿Quién te ha menospreciado?

Acércate a mi Corazón que es capaz de curar esas heridas del tuyo.

Dame cuenta de todo y acabarás por decirme que, a semejanza Mía, todo lo olvidas y todo lo perdonas:

en pago, vas a recibir mi bendición.

¿Sientes algún temor?

¿Sufres alguna dificultad?

Échate en brazos de mi amorosa providencia.

Estoy contigo:

aquí a tu lado me tienes:

todo lo veo, todo lo oigo, en ningún momento te desamparo.

Te pido que ruegues también por aquellas personas que te han causado algún mal.

Aunque hayan sido injustas o ingratas, hayan murmurado o te hayan hecho algún daño:

pide por ellas.

Seguramente tendrás alguna alegría para comunicarme

¿Por qué no me haces partícipe de ella como un buen amigo?

Cuéntame lo que ha consolado y alegrado tu corazón.

¿Tuviste sorpresas agradables?

¿Recibiste alguna buena noticia, alguna carta o muestra de afecto?

¿Conseguiste vencer alguna dificultad o superaste algún problema?

Manifiéstame por ello tu agradecimiento y decime:

“Gracias, Padre mío, gracias”.

¿Sabías que el agradecimiento trae consigo nuevos beneficios porque al bienhechor le gusta verse correspondido?

Terminando este rato de oración,

¿no te gustaría hacer algún propósito?

¿En qué tema te parece que podrías mejorar un poco?

¿En tu trabajo o en tu estudio?

¿En la lucha por tratar con mejores modos a tus familiares o amigos?

Yo te voy a agradecer que sigas haciendo el esfuerzo por mejorar tu piedad.

No te olvides de la Virgen María.

Ella es mi Hija, mi Madre y Esposa:

Dile que te ayude a rezar.

Tampoco te olvides de Mí.

Yo te espero, mañana, en tu rato de oración.