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DEVOCION DE LOS SABADOS

Es la devoción de los sábados una devoción plena de amor.
El Santo Amor de Dios por la Elegida, Santa María, pues, como ya vimos, es el mismo Jesús el que pide consuelo para el Inmaculado Corazón de su Madre. Por otra parte, si observamos, hayamos el amor de Jesús y María hacia nosotros pues con el cumplimiento de esta devoción, María nos promete “las gracias necesarias para la salvación de estas almas”.

El motivo de esta devoción es simple: la reparación de la ofensas contra el Inmaculado Corazón de María Santísima en lo que podríamos definir como cinco tipos de ofensas:
1) La ofensa a su Inmaculada Concepción.
2) La ofensa contra su Virginidad.
3) La ofensa contra su reconocimiento como Madre de Dios y Madre de los hombres.
4) La ofensa contra los que ofenden su Santa Imagen.
5) Y por último la ofensa contra aquellos que buscan infundir la indiferencia y el odio contra Santa María.
La práctica de esta devoción se realizará siempre, de esta manera, con la intención de desagraviar al Inmaculado Corazón de María por las muchas ofensas de las que es objeto por parte de tantos hijos ingratos.
Y su ejecución estará sujeta a cinco condiciones:
1ª Confesarse (cosa que se podrá hacer a lo largo de la semana).
2ª Recibir la Comunión (el mismo primer sábado).
3ª Rezar una parte del Santo Rosario.
4ª Hacer compañía a la Virgen meditando durante quince minutos los misterios del Rosario.
5ª Hacer esto los sábados del mes consecutivos.
Esta devoción es una dulce devoción muy del agrado de María. Sor Lucía siempre la sintió muy intensamente.
Es por ello que me permito transcribir una de las cartas escrita por ella misma, en el año 1927, en la que se refiere a tal devoción y a su forma en que la vivía:

“Quería también que me diese usted el consuelo de abrazar una devoción que sé le gusta al Señor y que fue nuestra querida Madre del Cielo quien me la pidió.
En cuanto la conocí deseé hacerla mía y trabajar porque todos los demás la aceptasen.
Espero, por lo tanto, que usted me contestará diciendo que la aceptó y que va a procurar trabajar para que todas las personas que ahí van, la abracen también.
Nunca podrá darme mayor consuelo que este. Solamente consiste en hacer lo que va escrito en esta estampa. La confesión puede ser otro día; los quince minutos de meditación es lo que puede parecerle más difícil. Pero es muy fácil:
¿Quién no puede pensar en los misterios del Rosario? En la Anunciación del Ángel y en la humildad de Nuestra Señora que al verse tan exaltada se llama a Sí misma esclava. En la pasión de Jesús que tanto sufrió por nuestro amor.
En nuestra Madre Santísima junto a Jesús en el Calvario. ¿Quién no puede con estos santos pensamientos, pasar quince minutos con la más tierna de las Madres? Adiós, mi querida madre.
Consuele así a nuestra Madre del Cielo y procure que muchos otros La consuelen también. De esta manera me dará a mí una incalculable alegría. Su hija que le quiere y besa su mano”

No debía, pues, añadir nada más sino hacer de un servidor la despedida de sor Lucía: Adiós, mis queridos amigos. Consuelen así a nuestra Madre del Cielo y procuren que muchos otros La consuelen también.
Fue en su aparición del 13 de julio de 1917 cuando Nuestra Señora de Fátima ya anunció que vendría a “pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión Reparadora de los Primeros Sábados de mes”.

Esto ocurrió, posteriormente, en 1925, 1926 y 1929. Así, en una primera vez, ocho años después, estando en el convento de Pontevedra, en la noche del 10 de diciembre de 1925 con exactitud, siendo Lucía postulante de las Hermanas Doroteas, se le apareció de nuevo la Virgen con el Niño Jesús a su lado, subido en una nube de luz.
La Virgen puso su mano en el hombro de Lucía mientras en la otra sostenía su corazón rodeado de espinas. Al mismo tiempo, el Niño Jesús decía:
“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”.
Después dijo Nuestra Señora a Lucía:
“Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que a todos los que durante cinco meses en el primer sábado se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante quince minutos meditando en los misterios del Rosario con el fin de desagraviarme, les prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para la salvación de estas almas”.
Se trata en sí, la petición de María, de unas prácticas muy simples y sencillas y de fácil obediencia a poco que nos lo propongamos. ¿Es acaso tanto, apenas dedicar a la Madre de Nuestro Señor, algo más de una hora, calculando malamente, una vez al mes?
Yo no lo creo y afirmo que no es nada si de manera mecánica y sin meditarlo lo hiciésemos pues, la belleza verdadera del cumplimiento de esta petición de María se encuentra, si ahondamos solo un poco, en el acto de amor que le entregamos a Nuestra Señora, aliviando con la compañía de nuestra oración, el dolor producido por la ofensa del pecado.

María, con esta práctica, nos invita a combatir el mal con el arma útil del cristiano, el amor. Y ante ello, como ante todo lo que el Cielo nos propone, está nuestra libertad última.

¿Aceptaremos, pues, la invitación de María?
Enviado por:María Cristina Correa Vega(Panamá, Panama)